Uno de los graves problemas que enfrenta el
país, además del de la inseguridad y la aparente falta de crecimiento
económico, es el relativo a la educación, ya que hacen faltan políticas de estado
para resolver de fondo esta situación que afecta a la mayoría de los mexicanos,
de todas las clases sociales.
En el problema de la educación tienen que
ver dos partes, por un lado el gobierno que actúa como dueño del balón, como
patrón de los maestros, al tratar de imponerles medidas laborales como si de
cualquier trabajador se tratare; y por otro lado, los docentes que se niegan a
ser supervisados, como si su trabajo fuera de una alta calidad, y toman esta
situación como si fuera un acto de guerra, llevando su lucha a las calles con
manifestaciones, por casi cualquier pretexto.
En su columna en SDPnoticias, la periodista
Mayra Jazbeth Martínez Pérez trata el tema de los profesionales del plantón y
la ausencia de políticas de Estado.
Los profesionales del plantón y la ausencia de políticas de Estado
A lo mejor es pedirle peras al olmo, pero algo hay que hacer y pronto.
Mayra Jazbeth Martínez Pérez |25 jun 2015
En uno de muchos viajes que he realizado recientemente a la
ciudad de México, padecí de manera personal los estragos que ocasionan las
manifestaciones de maestros de Oaxaca en la de por sí insufrible capital del
país.
Mientras el tiempo pasaba acelerado acortándome de manera
despiadada la posibilidad de llegar al aeropuerto, los maestros estaban
plantados en el Paseo de la Reforma, custodiados por policías preventivos que
trataban infructuosamente de organizar el caos, aunque en realidad su presencia
cerrando los carriles centrales (que no estaban ocupados por los plantonistas)
lo acrecentaba más.
Desde el taxi, miré de cerca los rostros de hombres y
mujeres que organizados por años de experiencia, llevaban sus garrafones de
agua, sus mochilas con ropa para varios días, un triciclo con un tanque de gas
y unas hornillas y casas de campaña. Unos turistas extranjeros, al parecer
europeos, comentaban entre ellos la escena y tomaban fotos sin parar.
Aunque es imposible, juro que observé a los maestros moverse
como en cámara lenta y en blanco y negro. Por su parte, el segundero y el
minutero de mi reloj tomaron el lugar del velocímetro del taxi que estuvo
atrapado entre Insurgentes y la avenida Juárez el tiempo justo para que yo
perdiera el vuelo a Guadalajara.
Obviamente no soy la única afectada por las manifestaciones
de los maestros que le tienen tomada la medida a este gobierno, incapaz
siquiera de dejar de pagarle sus sueldos a los irresponsables que abandonan las
aulas para irse a las protestas, pero recordar la frustración de no llegar al
aeropuerto y el espléndido comentario de Ricardo Alemán en El Universal de hoy,
me obligan a expresar lo que pensé aquel día tan frustrante.
Hasta hace poco, la agenda de las manifestaciones de
maestros de Oaxaca, Guerrero y Chiapas, pasaba por el entonces principal
partido de izquierda o por las figuras icónicas del antipriismo, ya fueran
Cuauhtémoc Cárdenas o Andrés Manuel López Obrador y el PRD, por supuesto.
Los gobiernos de Zedillo, de Fox y de Calderón, no quisieron
caer en la tentación salinista de presentarse como represores de los
movimientos sociales y mucho menos ser responsabilizados de asesinatos de
dirigentes, como fue acusado el ex presidente por la entonces más o menos
cohesionada “izquierda mexicana”. De ahí que esos gobiernos fueron bastante
tolerantes con quienes en el paso de los años, terminaron por volverse en
verdaderos profesionales del plantón.
Pero resulta que desde hace mucho, lo que se conoce como
“izquierda”, se ha deslindado de hecho de las manifestaciones cada vez más
violentas y cada vez más ajenas a la lucha sindical y a favor de la educación
de los niños, de los maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la
Educación (CNTE). La muestra más reciente de ello es el desplante grosero y la
pinta que le hicieron maestros en Guerrero a la camioneta de López Obrador, a
quien le reclaman tibieza en su posición por el caso Ayotzinapa.
Cuando estos profesores quisieron impedir la realización de
comicios en Oaxaca y en Guerrero, fue una oportunidad lamentablemente perdida,
para comenzar a construir lo que ha estado ausente en el tratamiento al
problema político magisterial: políticas de Estado para hacer frente a quienes
presionan a la ciudad y a las autoridades, para lograr prebendas y para
mantener canonjías que son ética y presupuestalmente inaceptables.
Nadie en su sano juicio está en contra de que los maestros
cobren bien, que tengan aulas dignas y que cuenten con recursos pedagógicos
suficientes para enseñar a nuestros niños. Pero tampoco nadie puede estar a
favor de que en un estado de la república, en dos o en tres, los maestros
quieran imponer condiciones laborales y sobre todo, que permanezcan gran parte
del tiempo fuera de las aulas, justo en protestas que no hacen sentido con la
labor que realizan y la responsabilidad que la sociedad le ha encomendado.
Como la maestra Elba Esther Gordillo, que declaró la guerra
política al gobierno (“guerrera soy, y guerrera moriré”) los maestros de la
CNTE le han declarado la guerra al Estado Mexicano; no al atribulado Emilio
Chuayfett, sino a las instituciones. Salir en defensa de esas instituciones,
aunque en el paso caiga la cabeza del Secretario de Educación, es una tarea que
el gobierno debe promover pero con esa visión de Estado y de Estadistas que
tanta falta le hace a nuestros gobernantes.
A lo mejor es pedirle peras al olmo, pero algo hay que hacer
y pronto, porque el tiempo perdido en las escuelas oaxaqueñas, guerrerenses y
chiapanecas sólo producen malos augurios para la paz social en estados tan
necesitados de desarrollo y de progreso.
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