jueves, 3 de mayo de 2018

AMLO: La fuerza del miedo



Como resultado de tres décadas de protagonismo político –los últimos doce años de manera ininterrumpida–, pero también debido a la constancia de su mensaje, Andrés Manuel López Obrador ha construido una narrativa en torno a su persona y a su liderazgo nacional, que no corresponde ni de lejos a sus verdaderas capacidades, que trata de esconder su carácter autoritario, y que no dimensiona los medios y el sentido pragmático de la política que ha utilizado para llegar a donde está, ni más ni menos que la antesala de la presidencia de la república.
El tabasqueño ha logrado plantarse en la escena nacional con una imagen respetable a niveles de veneración, que le ha permitido consolidarse en las encuestas, y que muy probablemente lo pueden llevar al triunfo, pero que puede resultarle contraproducente cuando las elevadas expectativas económicas y democráticas que genera su posible ascenso al poder, se estrellen contra el muro infranqueable de la realidad.
¿Es López Obrador un político diferente a los que nos han gobernado? ¿Se podrá tener en el país una democracia donde la gente participe en la toma de decisiones? ¿Puede ser capaz este hombre, de llevarnos a ser un mejor país el próximo sexenio, casi de la noche a la mañana? Muchos piensan que sí.
Quienes así están perfilando su voto, pierden de vista que estamos ante una construcción política, ante un personaje que nos ha “vendido” a lo largo de tres décadas, una historia –como lo hizo Jaime Rodríguez “El Bronco”, pero sin “secuestros” o “asesinato” de hijos– que no es necesariamente ajustada a la verdad.
Pero más allá de que sea probadamente un político que no entiende la dinámica de los procesos económicos y de la globalización, y cuya propuesta económica trasnochadamente estatista augura un período de inestabilidad y de zozobra en materia de inversión, crecimiento y desarrollo, una de las características más preocupantes del tabasqueño que puede ocupar la silla presidencial en el próximo sexenio, es su reiterada disposición a intimidar y a inhibir (lo que en el poder puede convertirse en censurar y reprimir) a quienes no están de acuerdo con él, o con sus políticas y planes.
En sus orígenes, cuando empezó a despuntar en la escena política y los medios le cerraban espacios, los atacó sin piedad llamándole “prensa vendida”. La acusación se fue haciendo una losa pesada para empresas y comunicadores, sobre todo porque se combinó con la irrupción de las redes sociales. En el origen, fueron los medios locales de Tabasco los que pagaron el desprecio del dirigente en ciernes, pues vinculó a medios y periodistas con el “fraude electoral” que le habría cometido Roberto Madrazo; pero a la larga, la estrategia se trasladó a nivel nacional. Hoy, la mayoría de los medios, salvo contadas excepciones, evitan ser señalados por el índice de fuego de López Obrador y prefieren autocensurarse o limitarse en su función, antes que pasar a la lista negra del candidato de Morena.
El mejor ejemplo de cómo ha logrado esta política de miedo inhibir a un importante sector de la prensa, son las publicaciones que se hacen sobre la vida pública y privada de López Obrador en el portal pejeleaks.orgsiguiendo el modelo de filtraciones que popularizó el ciberactivista Julián Assange. En otras condiciones, es decir, en condiciones de normalidad democrática, no hubieran faltado los medios que recogieran la información, la mayoría de ellas con documentos oficiales que hoy han sido olímpicamente ignorados.
Quienes cuestionan a Pejeleaks y dicen que eso no es periodismo, olvidan que la mayoría de los grandes casos que ha divulgado la prensa en la historia, desde el Watergate hasta los Papeles de Panamá, pasando obviamente por la información de Wikileaks, han tenido como origen una filtración que ha sido atendida por periodistas, que obviamente la hacen pasar por filtros.
No lo hacen ahora con documentos sobre propiedades no declaradas o vendidas a prestanombres, o con historias sobre supuestos apoyos del narco, porque López Obrador ha logrado imponer el miedo con base a otra falsa creencia: la del muy antidemocrático “arroz que ya se coció”. Y ¿quién quiere pelearse con el futuro presidente?
Lo mismo opera con los empresarios. López Obrador amaga permanentemente contra ellos, los denuncia, los acusa y los involucra con “la mafia del poder”, en un afán de incorporarlos a esa lista de “los malos” de la película, su película. ¿Y qué hace Alejandro Ramírez, el presidente de Cinépolis, cuando su nombre es parte del grupo de los interesados en “frenar la voluntad del pueblo”? Pues ordena que en sus salas no pase nada que pueda incomodar al que la opinión publicada cree que es (y Morena alienta a conveniencia) el “futuro inquilino de Los Pinos”.
En el fondo se trata de autoritarismo puro. Convencer por la fuerza del miedo a lo “inevitable”. Y no es difícil imaginarlo: El político que le echa encima al pueblo a la prensa que lo critica, o a los productores audiovisuales que se atreven a hacer una serie documental sobre su perfil populista, será el día de mañana el presidente déspota que va querer imponer su voluntad sin contrapesos.
Artículo publicado en el portal SDP Noticias

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